domingo, 5 de febrero de 2017




EL  TEMOR  CERVAL  A  ENTREGAR  EL  PODER

Por Peloecaña

En los países que todavía tienen la opción de saberse y sentirse democráticos de verdad, el cambio de gobierno es un suceso casi que intrascendente, común y corriente, y el gobernante que cumplió en el tiempo su mandato sabe que la historia es su juez última instancia; pero también es plenamente consciente de que ha de responder por sus acciones y/o sus omisiones, de manera ineludible, ante la opinión y ante la institucionalidad. 

En Iberoamérica, como desgraciadamente  hay cosecha de gobernantes corruptos o ineptos, otra modalidad de corrupción, esa especie se procura todo un entramado de garantías antiéticas y amorales, con el fin de lograr transitoriamente la égida de la impunidad.

La planeación que han debido practicar como herramienta positiva para administrar y gobernar la ejercen, a ultranza, para su propio beneficio; son maestros los mandatarios corruptos en consolidar toda una trinca, que funciona como una maquinaria super eficiente y eficaz, que alinea los tres poderes del Estado, en una sola fila, que implica unificar sus funciones a favor de todos los corruptos, entonces lo primero a lograr es la eliminación de la separación institucional de esos poderes y refundirlos en uno solo, el del gobierno de turno, hegemónico, dictatorial y antijurídico.

Eso se consigue con relativa facilidad. Se empieza por permitir el acceso a la judicatura y a la política a jueces incapaces y venales, y al congreso a los más indignos y los más comprables;  los jueces y congresistas sabios y probos son flores exóticas, por eso los entendidos y honestos brillan con luz propia y se destacan en ese mar de medianías, como faros esperanzadores, que nos permiten la esperanza sustentada en la fe y en el amor añejos pero nunca caducos valores de la sociedad y de la nacionalidad. 

Pues bien, quienes llegaron al poder para sojuzgar a los asociados y a saquear el erario, saben que deben perpetuarse en el poder, porque el rendimiento de cuentas no es con ellos.

Por eso los más de cincuenta años de la dictadura cubana, de la presencia de Chávez y Maduro en Miraflores, de Ortega en Nicaragua, y de Santos y las FARC en Colombia.

No nos confiemos de que en el 2018 habrá elecciones en nuestra Patria dolorida y dolida. Santos sabe que en un debate limpio y pulcro, virtudes de las que siempre ha sido huérfano, el riesgo de tener que rendir cuentas institucionalmente, por todas sus felonías y desafueros es casi inevitable.

Eso nos lleva a desconfiar del régimen, porque no cesa de dar muestras del temor cerval que le asiste, de rendir cuentas.

Un congreso mayoritario, al servicio de la permanente violación de la Constitución y de la ley  y de la institucionalidad; una rama judicial cuya única meta es desadministrar justicia a favor del establecimiento; unos gremios  que renunciaron a su dignidad y a su derecho a crecer y hacer posible el bien común; una prensa que aceptó darle vigencia al decir de Barbey D´aurevilly: "Los periódicos  que deberían ser educadores del público, son sus cortesanos, cuando no sus rameras" son el semáforo en rojo que nos advierte del peligro de seguir confiados e indiferentes.  

El régimen ha aprobado con calificaciones sobresalientes  su falta de escrúpulos, cuando se trata de eliminar contradictores y voces de alarma; la lista es abundante y notoria: Andrés Felipe Arias Leiva, Luis Alfredo Ramos Botero, Oscar Iván Zuluaga y, seguramente están en capilla, todos los ciudadanos que hipotética o realmente signifiquen una alternativa decente de poder y una voz erguida y autorizada que exija cuentas.

He venido reclamando hace años la necesidad inaplazable de consolidar ya una alianza por Colombia. Por eso registro complacido, que destacados voceros de la opinión nacional empiecen a ser conscientes de la urgente necesidad de esa alianza. 

Ningún partido político, por prestante que sea, ni ningún líder nacional, por encumbrado que sea, puede pretender en solitario, acometer la empresa del cambio que Colombia reclama y necesita, es imprescindible la asociación sólida e indisoluble, para lograr tan laudable propósito.

Los nombres que se pongan sobre el tapete, para tan altísimo y gravísimo honor y onerosa aspiración, deben se calificados, supercalificados, no tener rabo de paja, ser estadistas de verdad y colombianos integérrimos, y todos los que acepten competir por esa responsabilidad deben previamente asumir el compromiso de aceptar al candidato que resulte escogido y  trabajar todos en procura del triunfo de Colombia. Esto es, sin duda, un hermoso y obligante propósito nacional. 


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