viernes, 20 de enero de 2017





LA LUCHA CONTRA LA CORRUPCIÓN COMO BANDERA ELECTORAL

Por Peloecaña

Ahora que el país se ahoga en el detritus de la corrupción rampante y que la purulencia moral del ejercicio del poder  nos llena de  hastío y repugnancia a todos los colombianos decentes, que podemos ser carne de urna electoral, nos falta otra muestra de esa corrupción.

La senadora Claudia López, consciente del filón abundantísimo que esa bandera electoral encierra, no duda en pretender ser la portaestandarte de tan encomiable lucha;  la de la pelea contra todos los corruptos, corruptores  y contra la corrupción general que nos apena.

Esa causa no puede ser bandera de un solo partido, debe ser un propósito nacional y a ella debemos unirnos todos, sin distingo de "sexo, raza, origen nacional o  familiar, lengua o religión, opinión política o religiosa".

Para liderar esa convocatoria se requiere credibilidad plena y coherencia entre la prédica y la acción. No se valen ni  el eclecticismo, ni el silencio cómplice y oportunista, ni la censura fácil contra quienes institucionalmente han combatido ese flagelo tan doloroso y dañino, el de la corrupción.

Porque los corruptos se afilian a todos los partidos y patrocinan la corrupción venga de donde venga, esté donde esté y porque en Colombia esa endemia necesita tratamiento curativo de choque y el medicamento que la cura no es monopolio de ningún laboratorio ético, es por lo que también es corrupción pretender apropiarse de su remedio por mero oportunismo electoral. 

Si la corrupción ni los corruptos tienen partido, su eliminación debe hacerse a nombre de todas las personas de bien.

Quienes a sabiendas han guardado silencio ante los corruptos de todos los tiempos, por solidaridad partidista, desde siempre están descalificados para enarbolar las banderas de la moral pública y la ética necesarias para manejar los asuntos del Estado.

Quienes han desenvainado sus espadas y blandido sus machetes, para zaherir y vejar a quienes en cumplimiento del ejercicio de sus funciones institucionales  deben  combatir la corrupción, los corruptos y los corruptores, por ser sus circunstanciales antagonistas, por sus creencias religiosas y políticas o prácticas diferentes, pierden toda solvencia moral para convocar esta cruzada.

La mermelada es corrupción, quien la ofrece y reparte a granel es corruptor y quien la acepta es corrupto hasta la médula. La honestidad pública y privada es como la virginidad, se tiene o no se tiene y una vez perdida es irrecuperable.

La clase política corrupta es corruptora por antonomasia,  decide por su cuenta y riesgo ser corruptible y ha dado al traste con el ejercicio del poder y con la descentralización regional y local.

Esa misma clase ha prostituido la por esencia limpia opción de contratar el desarrollo del país, porque ha institucionalizado la perniciosa práctica de que que sean los contratistas con el Estado los financiadores de las elecciones nacionales, departamentales y  municipales.

Ese chantaje que tienen que pagar los contratistas los acostumbró a delinquir y hace que el desarrollo nacional sea mas costoso y de menos calidad, en detrimento de todos los asociados.

Casi todos los contratistas  con el Estado se han convertido en auténticas mafias de chupasangre del erario y de las necesidades de la comunidad, desde luego tan nocivas como el narcotráfico y la delincuencia organizada; claro que  forman parte de ella.

Ese es, ni más ni menos, el reto que tenemos que afrontar todos, sin el exclusivismo que pretende la senadora del Partido Verde, para la izquierda colombiana corrupta como los últimos alcaldes de Bogotá y como los guerrilleros paramilitares de todas las denominaciones.

¡Pueblo de Colombia, levántate y anda! 


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