sábado, 9 de enero de 2016






LA JUSTICIA POLITIZADA



Por Peloecaña

La Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia casó la sentencia y declaró la inocencia del Coronel Alfonso Plazas Vega, militar patriota y heroico, que junto con un puñado de valientes soldados y policías impidieron la muerte de la democracia y salvaron la institucionalidad de Colombia. 

Ese episodio de una guerrilla fletada por el narcotráfico cubrió de ignominia la nacionalidad y dejó a los subversivos del M19 sin argumentos revolucionarios, pues decidieron abandonar sus banderas, desde luego equivocadas, pero con apariencia de justificación popular, para convertirse en ejecutores macabros de la ignominia al servicio de los extraditables narcotraficantes, cuya cabeza visible fue nadie menos que el siniestro Pablo Escobar Gaviria.

Los carteles de la droga que habían dado muestras inequívocas del desprecio por la vida, honra y bienes de los colombianos, nunca dudaron en ejercer toda clase de violencia, física y moral contra toda la sociedad de la patria colombiana y del mundo, y para demostrar su total inexistencia de sensibilidad y de conciencia jamás se detuvieron ante lo que para ellos era simplemente un acto criminal más, en procura de la consolidación de su impunidad.

Necesitaban los narcotraficantes contratar una pandilla de sicarios, para asesinar y amedrentar a los jueces que, en acto de dignidad y de justicia universal, estudiaban el otorgamiento de una herramienta del Derecho Internacional Público, como es la extradición, que permite el juzgamiento y la penalización de delitos cometidos en la jurisdicción de otro país, y que sus autores delincuentes  quieren mantener impunes abandonando el territorio del país ofendido por su actitud criminal.

Y encontraron esos sicarios  una organización criminal disfrazada de movimiento revolucionario, reivindicador de anhelos populares frustrados, el M19. 

El objeto del pacto criminal fue destruir las pruebas que en la Corte Suprema de Justicia existían para conceder la extradición, y amedrentar a los magistrados de la más alta cumbre de la juridicidad colombiana, al precio que fuera, a sangre y fuego, como en efecto sucedió.

El episodio funesto sirvió para descubrir, remover y raer la naturaleza personal de los que en él intervinieron.

Primero, la catadura moral de los sicarios contratantes y contratados, también la personalidad timorata del mandatario de turno; y que también dejó al desnudo, el alma cobardona y miedosa del presidente de entonces, de la Corte asesinada, a quien le quedó grande la grandeza.

Muy seguramente que ese prohombre, con mal ganada fama de penalista brillante, jamás supo del episodio que engrandeció al General Moscardó, héroe de la guerra civil española, cuando los republicanos tomaron por asalto, igual que el M19, el Alcázar de Toledo e hicieron prisionero a su hijo que lo defendía,  y lo pasaron al teléfono para exigirle al General la rendición a cambio de la vida de quien era sangre de su sangre. 

Moscardó habló con su hijo y le dijo: "Grita viva Cristo Rey viva España, rendición jamás". 

Seguramente si se hubiera rendido su hijo no hubiera sido Ministro del Gobierno republicano.

Pero como hubo otra cara de la moneda, Colombia tuvo la oportunidad de demostrarle al mundo que en el Gobierno también había en el Consejo de  Ministros ciudadanos  firmes y conscientes de su responsabilidad histórica.

Y por encima de todo, hubo en ese momento tan difícil para la salud de la patria unas instituciones militares  llenas de honor, gallardía y patriotismo, que fieles a su juramento defendieron hasta morir la institucionalidad colombiana.

Para algunos hubiera sido más fácil sucumbir a la peticiones de los asaltantes sicarios del Palacio de Justicia y entregar el poder legítima y democráticamente constituido, sin oponer resistencia, ni disparar un solo tiro, aún al precio de su propia indignidad y cobardía y en la seguridad de que los muertos causados por las primeras ráfagas de los sicarios no hubieran sido investigados y menos penalizados.   


Sin importarles la sentencia severísima de la madre de Boabdil el Moro, quien lloraba,  ante la retoma de Granada por los españoles de Aragón y de Castilla: "Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre". 

Pero a pesar del Presidente, hubo militares llenos de patriotismo y heroísmo, como el General Arias Cabrales y el Coronel Plazas Vega que salvaron a Colombia; ellos sí sabían del General Moscardó y de la madre de Boabdil.

No obstante  jueces marxistas y militantes activos del partido comunista y solidarios con la subversión,  en contubernio vergonzoso con el Colectivo de Abogados y la Asociación Colombiana de Juristas, han extendido su largo brazo de oprobio y de vindicta, para ensañarse contra los  ilustres, brillantes, honrados, gallardos y heroicos  militares, cobrándoles  la justísima derrota infringida a los terroristas y apátridas guerrilleros sicarios.

Hoy, 30 años después, la historia se repite corregida y aumentada, ante un régimen que de pronto nos merecemos por la indiferencia colectiva y porque los militares muelles y cómodos pareciera que renuncian al respeto que su institución y ellos merecen

La decisión mayoritaria de la Sala Penal de la Corte, que hoy redime la injusticia cometida contra el Coronel Plazas Vega, aunque tardía, es un bálsamo refrescante en las heridas de la patria, tan lacerada y apaleada y un conato de reivindicación de la desprestigiada justicia que tanto padecemos.

Nuestro saludo de solidaridad y de feliz Navidad para el coronel Plazas Vega, para su dignísima esposa Doña Thania, para su hijos y nietos y para toda su familia.

16 de diciembre de 2015.